El cajamaquino que hizo de todo menos el amor con Pavarotti


Edwin Tinoco y, a la derecha, el tenor Luciano Pavarotti.

En el décimo aniversario de su muerte, su asistente, Edwin Tinoco, desvela cómo era la vida del tenor

Roma

Con 27 años y siendo camarero en el lujoso Hotel Las Américas de Lima, Edwin Tinoco (natural de Celendín, Cajamarca) vivió en 1995 un encuentro que cambió su vida. El joven peruano fue el encargado de atender al tenor italiano Luciano Pavarotti (Módena, 1935), quien con solo dos preguntas —si estaba casado y cuánto tiempo necesitaba para irse con él— decidió llevarlo por todo el mundo como asistente personal y hacer de él su persona de máxima confianza. Doce años juntos, hasta la muerte del maestro en 2007, llevaron a que Pavarotti lo considerara “el hijo que Dios nunca le dio” y sirvieron para que se entendieran con solo una mirada. “Hacemos todo juntos menos el amor, porque me gustan las mujeres”, decía el tenor de su relación con su querido Ciccio.

En Pavarotti ed io (Aliberti), Tinoco escribe su particular homenaje al tenorissimo con motivo del décimo aniversario de su muerte. “Quiero rendir un homenaje al gran hombre que fue Luciano Pavarotti, un homenaje a alguien a quien quise muchísimo. Recuerdo su generosidad, sus ganas de vivir, la sonrisa que tenía cada mañana y con todo el mundo”, cuenta Tinoco por teléfono desde Polonia, donde vive actualmente.

Ha querido evitar los aspectos más polémicos de la vida del artista, y solo cuenta un episodio convulso: el encuentro entre la entonces mujer de Pavarotti y madre de tres de sus hijas, Adua Veroni, y Nicoletta Mantovani, amante del tenor. Fue en el camerino de la sala de conciertos Royal Albert Hall de Londres, en 1995. “Mientras la gente tomaba ordenadamente asiento, en el camerino del maestro se encontraron Nicoletta y Adua. ‘Señora Veroni, usted debe saber que las voces que circulan son ciertas: Luciano y yo nos amamos’, dijo Nicoletta. Adua ni siquiera respondió, como para no querer reconocerla como una rival”, rememora. El desenlace es bien sabido: el italiano se divorció de Adua y se casó con Mantovani en 2003, con quien tuvo una hija a los 67 años.

“No ha habido nadie en contra de la publicación del libro. Se bloqueó en 2013 porque tenía un contrato de confidencialidad, algo normal para quienes trabajamos con personajes públicos, pero  no revela cosas íntimas ni nada contra la familia. Yo firmé proteger la imagen del personaje, y ha sido así”, explica Tinoco. “Mi intención no es crear polémica, no estoy acostumbrado a hacer daño a nadie”. Y en las más de 250 páginas de texto se percibe el cariño y la admiración que el peruano tenía por el artista, a quien dice que siguió “como los apóstoles siguen a Cristo” y acompañó durante su enfermedad y su muerte.

Fue recíproco, porque siempre recibió generosidad de parte de Pavarotti —quien le regaló más de 500 corbatas y le dejó 500.000 dólares como herencia—. Para ganarse su confianza, tuvo que adaptarse a las exigencias del artista. Solo él sabía organizar su agenda, hacer funcionar el aire acondicionado para que las estancias estuvieran “como un frigorífico” y elegir las habitaciones de los hoteles, con mesa para jugar a las cartas y con cocina.

La gastronomía era una de las pasiones de Pavarotti, a quien recuerda como “un perfecto cocinero y un impagable anfitrión”. Los productos italianos no faltaban en el inmenso equipaje que el asistente preparaba, con maletas que se contaban por decenas. “Cuando se trataba de Pavarotti, ninguna compañía aérea controlaba el equipaje. Ni siquiera la policía”.

Junto el tenor, Tinoco tuvo la oportunidad de amar la lírica, pero también de recorrer el mundo y conocer y compartir cenas y fiestas con grandes artistas internacionales, como los españoles Plácido Domingo y José Carreras, Bon Jovi, Bono de U2 y personalidades como Lady Di o Nelson Mandela. Y de viajar con él en aviones privados. En alguna ocasión en el de Julio Iglesias, equipado con 12 butacas, servicio de cine, teléfono por satélite, ducha, accesorios de oro y un servicio muy selecto de azafatas y pilotos. A su llegada al lugar de destino, Pavarotti estaba acostumbrado a que pusieran una alfombra roja en la escalera, como si de un jefe de Estado se tratase.


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