Jesucristo en el Carnavalón


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Por Ramiro Sánchez V.

Hace años, descubrí que Jesucristo no se encuentra en los templos barrocos del centro histórico de Cajamarca, o en las casonas que fungen de albergue para iglesias y asambleas dedicadas al culto de un Dios obsesionado con el pecado, y cuyo mejor recurso es la aceptación de la culpa judeo – cristiana.

La esencia del Carnaval es la Salida de Ño Carnavalón, esa manifestación cultural de catarsis en la cual miles de personas se unen al unísono en un canto de la vida, y son capaces de olvidar odios, revanchas y envidias. La hermandad entre seres humanos es posible, dejando de lado color de piel, tendencias políticas (si es que alguien las tuviese en verdad), o las preferencias por equipos de fútbol.

En ese momento donde todos son iguales bajo pinturas de mil tonalidades, en ese momento donde se baila y embriaga, alrededor de un muñeco cabezón y deforme es que aparece la presencia de un Dios que ofrece felicidad.

Cuando se a procesiones solo hay miradas acongojadas y manos desgranando rosarios demostrando que están impactados por el sacrificio de un pescador de Galilea en pro de la salvación de las almas, pero acaba el recorrido – y una vez – que se guardan las andas, los pecadores siguen en su senda de eternos y constantes errores.

Leí la Biblia y me pareció fascinante, pero en ningún lugar encontré pasaje alguno sobre la obligación de memorizar ese libro, o maldecir a todos aquellos que piensan distinto, a quienes desean tatuarse una calavera en el pecho, o disfrutan del rock metalero.

Se es feliz arrojando agua, se es miserable arrojando bombas; se es dichoso bailado bajo la lluvia, se pierde al alma cuando se promueven guerras; es inolvidable reír con los amigos, te conviertes en un infeliz al vivir de pasiones moralistas y afiebrada defensa de la mediocridad.

Si Dios es amor, sin duda está en las fiestas del Carnaval. Seguro que el Cristo lanza globos, baila al son de Don Guillermo, o es parte del Jueves de Compadres al ritmo de Los hermanos Sánchez. Tal vez, toca quena y rompe tarolas; tal vez, nunca a juzgado a nadie por jugar con agua o lanzar un poco de pintura; tal vez, solo es parte de las comparsas y se divierte recorriendo calles bailando como un verdadero loco.

Los antropólogos señalan que el Carnaval es un desafío a la Muerte. Es decirle a la parca que no importa que luego de tanta diversión, nos tienda trampa para cargarnos al otro mundo. Total, ya se comió, bebió y hasta se hicieron las paces con amigos, vecinos, familiares. Se comulgó con la chicha o cañazo, se compartió el pan, mezclado con frito, por supuesto. Se le dio picante a la vida con rocotos verdes de vena negra. Y Jesucristo aparece ahí, demostrando que su ideal de unión entre los hombres de buena voluntad, no estaba relacionada al morboso deseo de aferrarse a un madero en forma de cruz, ni exudar bilis porque los semejantes buscan vivir la vida a su manera.

Aparece Jesucristo abrazando a Ño Carnavalón, y da gusto verlo, porque comparte tus penas y miserias, y lo sientes tan amigo, que hasta una copla se convierte en un himno de hermandad.